Desde hace rato, como si nada, la motivación se desvanece, pero nunca termina de hacerlo. Como las estrellas cuando mueren, y para nosotros no lo hacen porque mueren durante cantidades inconcebibles de tiempo. Algo así es, pero acá, en mí, y en millones de años menos que las estrellas que mueren. Es como que no te importe, y las palabras entren por un oído y salgan por el otro, y lo que se ve, entre por un ojo y salga por la nuca, como las balas, en ocasiones.
Sería más fácil escribir algo así hace una década y atribuirlo a la adolescencia, a esas boludeces. Pero a esta altura estamos mayores y, no diría que me preocupa, pero me resulta, no se, llamativo.
La motivación se me va, hace años ya, cada día que pasa, en el tren, en el subte, que la piba que murió la mataron, que españa se enojo e inglaterra también, que te acordás de Rocío esta embarazada, que el chipa a do peso, que ese esta enojado porque llega tarde al laburo, que pusieron un subway nuevo en tribunales, que que se yo qué. Desde afuera, qué especie histérica. Desde adentro, no entiendo todavía qué se supone que hay que hacer aparte de comer, cagar, respirar, y trabajar para comer y después cagar.
Desaparece la motivación, o es que morir no es algo que se hace de repente de viejos o cuando nos matan, sino que se hace de a poco desde que nacemos. Y yo lo estoy sintiendo.
O desasosiego, que le dicen.
(julián glumi)
